Exposición “Sin reconocer”

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Presentamos los detalles de la exposición “Sin reconocer”, por parte del artista Rafael Rodríguez . Exhibida en el Museo de la ciudad de Querétaro. Te invitamos a visitar la exposición.

Exposición "Sin Reconocer"

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En pocas ocasiones hechos de vidas diversas, aparentemente inconexos, confluyen para crear un momento lleno de sentido. Una especie de certeza de que los andares, a tientas, a través del tiempo, tienen un propósito. Sin reconocer es un momento de sentido, un instante en donde confluyen una serie hechos sin los cuales este proyecto no existiría.

Por un lado, el interés de Rafael Rodríguez en el cuerpo como materia, el reto técnico de trasladarla a la pintura y su capacidad plástica para contenerlo que hizo eco con el llamado del escritor francés Jean Baptiste del Amo, quien le comisionó este proyecto para incluirlo en la sección Autopsia, curada por el, de la exposición Entre líneas que exploraba encuentros entre la literatura y el arte a través de la curaduría de cinco escritores, presentada en 2024 en Montpellier Contemporaine (MoCo) en el sur de Francia.

Por otro, su presentación en Querétaro, en el Museo de la Ciudad el recinto que ha mostrado la mayoría de los proyectos del pintor y en específico en la sala apodada SEMEFO, que fuera el antecoro de la Iglesia de Capuchinas. El nombre familiar de la sala honra al colectivo artístico formado por Carlos López, Teresa Margolles y Arturo Angulo, activo entre 1990 y 1999, y que mostró las piezas Dermis en la exposición colectiva Cuerpos marcados (1998) y Fluidos y Mineralización estéril en la exposición colectiva Esplendor de cadáveres (1999) Como se sabe, SEMEFO en México es el Servicio Médico Forense. A éstas se sumaron varios proyectos individuales de Teresa Margolles que potencian las capacidades expresivas del proyecto que nos ocupa Autorretratos en la Morgue (2000) -primera exposición individual de la artista- y 3 minutos (2014), nunca mejor montada -en palabras de Teresa-albergados en esta misma sala Y ahora esta serie de Rafael que contó con el apoyo de la colaboración atenta y detallada de Caín Torres -artífice, junto con Gabriel Hörner, del sin fin de magias que han sucedido en este Exconvento de Capuchinas-a quien más que enmarcar, ha construido ataúdes escultóricos para las exequias de los rostros sin reconocer que conforman esta exposición y la dedicatoria de este esfuerzo a Martha Pacheco, mentora y amiga de Rafa de quien se incluye una pieza.

El cuerpo muerto, los rostros, son sustancia ideal para la pintura. La falta de funcionamiento de los sistemas mecánicos y biológicos que sostienen la vida los deforman, los ondean, los arrugan. Su solidez y tersura, sostenidas a través el sistema de bombeo, transporte y renovación de la sangre ceden a la irrefrenable gravedad cuando el aliento los ha abandonado. Las comisuras se profundizan, el peso se declara, el color de la vida se corrompe. En esos rostros muertos se hace manifiesto el vacío, la ausencia de lo que fueron. El artista, al representarlas, nos recuerda que no somos más que materia.

Rodríguez insiste en ello primero y sobre todo a través de una paleta de colores. Fuera de este contexto, el rosa, el verde pastel, el azul, el morado y el amarillo que la componen son tiernos y alegres; las tonalidades de las pastillas de azúcar que decoran bomboneras de cristal cortado. Apenas un verde olivo y un negro que dan profundidad nos recuerdan que estamos frente a lo inexorable. En su aplicación, se revela la mirada divertida de un pintor que disfruta de las combinaciones. Basta acercarse a los rostros y apreciar los excesos de rosa que coronan un cachete pútrido o los puntos juguetones de azul rosado entre amarillo paja que relatan la profundidad de una encía que ya no sostiene dientes o las sombras anaranjadas, azules y rosas que le dan vida a un rostro hinchado de falta de eternidad.

Las texturas son también protagonistas. Las pinceladas construyen cordilleras expresivas, los gestos se logran apenas con el rastro de un movimiento sostenido, los volúmenes echan mano de los caminos que dibuja cada trazo. Estamos frente a paisajes y relieves, lo topográfico de la pintura despierta a los semblantes muertos aunque en muchos de ellos los ojos estén cerrados. Así, al convertir un rostro en representación, en una imagen, el artista lo transforma. Traduce células, humores, fluidos y gestualidades en colores y formas, en una danza de pinceladas, en composición. Esta transformación es un entierro. Un ritual que borra y fija al tiempo.

Y como todo ritual, estas exequias llevan sus símbolos. El ataúd, imagen por excelencia del funeral, es aquí desplazado por el marco. Las molduras que acompañan a Sin Reconocer son una colaboración con el artista Caín Torres quien con cariño viste estos rostros. Cada uno es distinto, adaptaciones de piezas recuperadas en mercados de antigüedades, reviven al ser reusados para la exposición y su vitalidad reside en las suturas, en los injertos, en un desgaste alegre que acompaña los rostros inertes. A través de un vidrio miramos las caras anónimas de muertos sin reclamar como se ve a un ser querido en su féretro el día de su funeral.

Rafael Rodríguez pinta sus pérdidas, pero no de manera frontal. Las mira más bien de canto. Sustituye a los suyos por otros cuyo anonimato le permite enfrentarlos y como una Antígona pintora, los entierra entre canales de óleo colorido. Pero, al hacerlo, se resiste al completo borramiento. Entre las manchas, las expresiones pictóricas permanecen en cada rostro que es luego fijado en sus marcos-ataúdes, que dejan ver que sí, son materia, polvo que se ha convertido en polvo, pero contenido, resguardado lejos de las fauces de la gran vida que lo devora todo para garantizar su permanencia.

Al sepultar esos rostros anónimos, sus significados y sus historias en composiciones, en colores, en placer plástico y visual y al volverlos eso, abstracción, forma, Rodríguez logra que todas estas vidas vuelvan a resplandecer.

• Paulina Macías